La música, como cualquier tipo de arte, sirve de conducto para transmitir sentimientos, emociones y los pensamientos de su creador. Las ondas de la música son el medio de transmisión a la mente del oyente.

Toda esta energía artística es el producto de la imaginación, el trabajo y los conocimientos del compositor y los intérpretes. 
Esta energía puede ser muy diferente. Una de las condiciones de sus cualidades es el estilo musical. No cabe duda de que la energía de un concierto de música de cámara es muy diferente a la de un concierto de rock. Ambos pueden ser de gran valor artístico, con las obras bien hechas y bien interpretadas, pero los sentimientos, las emociones, los valores; en definitiva, la energía que transmiten es muy diferente. Para cada uno existe su momento. La misma persona puede disfrutar tanto de uno como de otro, o tener sus preferencias en cuanto a gustos. Con las diferencias y variedades que existen cada uno puede siempre escoger la música que esté acorde con su naturaleza o estado de ánimo, y por tanto recibir la energía que más le hace falta en cada momento.  


Aparte de los estilos musicales, deberíamos fijarnos en la calidad de la música que “consumimos”. La creación de una obra musical se puede comparar, por ejemplo, con la de un cuadro. Pongamos por caso la creación de dos cuadros en los que se han utilizado la misma calidad de pinturas y han sido expresados en dos lienzos iguales, el resultado final es muy diferente. Puede salir una obra maestra, pero también se puede obtener un lienzo manchado. De la misma manera, utilizando las mismas notas se puede componer una música preciosa, algo aburrido o simplemente una birria. 
Por otro lado, la calidad de la composición como tal, a diferencia de las artes plásticas, en el caso de la música es muy importante su interpretación. En la interpretación, su calidad depende de las cualidades personales de los intérpretes, su preparación profesional, su carácter, sus experiencias, hasta de su ánimo y las ganas de tocar en el momento de la interpretación. La misma pieza musical puede tener un impacto muy diferente.

En ocasiones, con la diferencia mínima  en la interpretación de la misma música el resultado puede ser tremendamente desigual: interpretando una pieza musical, tocando las notas correctas, con buena afinación y los matices adecuados, se puede conseguir una buena interpretación, pero como ya he dicho antes, con una diferencia mínima y sutil se puede alcanzar la interpretación genial. En este caso el músico puede, a través de su arte, transmitir la energía durante su interpretación de la misma manera que lo hacen los gurú de Oriente. Hasta en ocasiones esta energía transmitida a través de la música puede ser más eficaz. Claro está, cuando la interpretación se escucha en vivo y en directo el efecto es mucho mayor. Es, al fin y al cabo, por lo que las entradas a algunos conciertos pueden tener un valor muy alto y venderse bastante caras.
Desde hace miles de años se conocen los efectos de la música sobre la gente. Existen evidencias del uso ritual de la música en casi todas las grandes culturas de la antigüedad. Los antiguos griegos y los egipcios reconocían efectos psicológicos de diferentes escalas y modos musicales. De la misma manera, hindúes, chinos y japoneses, desde hace miles de años, aplican las estructuras musicales para las diversas actividades y estados de ánimo. A partir de tales tradiciones, durante este último siglo se han sistematizado los estudios de los efectos psicológicos y orgánicos de la música.
Se puede utilizar la música para mejorar el aprendizaje, la coordinación y la resistencia física. La música, bien empleada, puede ayudarnos a combatir los bloqueos emocionales concretos y producir la catarsis necesaria para la resolución de los conflictos internos con uno mismo, que normalmente, son parte de cualquier problema con el que nos enfrentamos durante nuestra vida. 
Uno de los usos más simples y difundidos de la musicoterapia es la regulación, a través de la música, del estado de ánimo. Por esto, es bastante práctico utilizar la música como fondo para la meditación.

La música que más se aconseja para la meditación suele ser la instrumental. De la música clásica recomendaría a Mozart, Chopin, Debussy o la música barroca. También se puede utilizar la música con una combinación de sonidos de la naturaleza, como el cantar de las aves, la caída de una cascada, el oleaje del océano, la lluvia y el viento. Igualmente la música popular oriental, como por ejemplo la china, la hindú o la japonesa, es muy adecuada.
Con el manual práctico de la salud ” La camisa del hombre feliz”, se adjunta un disco de mi propia música que compuse y grabé en vibráfono, cuyo timbre y sonido sirven específicamente como acompañamiento perfecto para la meditación. Esta música crea un amortiguador fuerte y sutil alrededor del cuerpo físico, que facilita y acrecienta la concentración en la práctica de la meditación y ayuda a lograr la visualización de las metas y los deseos.

Yuri Chugúyev